Venezuela · Independencia · Julio 2026
Doscientos quince años después
El terremoto del 24 de junio dejó al descubierto lo que la tiranía lleva décadas construyendo: un Estado demolido desde adentro. Este 5 de julio, los próceres no piden ofrendas florales. Reclaman posiciones firmes.
Antonio Ledezma
Alcalde Mayor de Caracas · En el exilio desde 2017

Cada 5 de julio entonamos el Gloria al Bravo Pueblo con un nudo en la garganta. Este año, ese nudo aprieta más. La conmemoración nos encuentra, 215 años después, con una Venezuela sepultada bajo los escombros —literales y figurados— de una tiranía que no construye: destruye.
El sacudón de tierra del 24 de junio dejó al descubierto un Estado que lleva décadas siendo demolido desde adentro. De las 300 estaciones de monitoreo sísmico que operaban en el país, hoy funcionan cuatro. Los bomberos pedían palas prestadas mientras el régimen negociaba en las sombras una deuda externa de 240 mil millones de dólares. Los rescatistas internacionales —los «topos» de El Salvador, México, España— fueron tratados como espías. Cada ladrón juzga por su condición.
Eso es lo que el 5 de julio nos exige enfrentar: no el bronce de las estatuas ni la retórica de los discursos de ocasión. Los próceres no piden ofrendas florales. Reclaman posiciones firmes. La independencia que sellaron con lanzas y bayonetas en Carabobo se conquistó a pulso. Profanarla hoy consiste exactamente en esto: dejar que un régimen criminal use sus nombres para camuflar la cabalgata de un nuevo caudillismo, mientras el litoral guaireño entierra a sus muertos desamparados del Estado
“El sismo más letal que padecemos no fue el del 24 de junio. Es el que llevamos sufriendo réplica a réplica durante 27 años.”
Porque esto es medular: el sismo más letal que padecemos no fue el del 24 de junio. Es el que llevamos sufriendo réplica a réplica durante 27 años. Un Estado fallido no se improvisa — se construye metódicamente destruyendo instituciones, desmantelando universidades, corrompiendo a los cuerpos de seguridad, pactando con carteles. Eso hicieron. Y cuando la tierra tembló, la factura llegó en forma de 60 mil desaparecidos.
Pero los venezolanos hemos decidido transformar la indignación en reconstrucción. A falta de Estado, se organizaron los ciudadanos. Donde faltaron grúas, sobraron manos. Y donde el régimen pretendió apropiarse del dolor, la sociedad civil lo convirtió en dignidad. La reconstrucción que Venezuela necesita no vendrá de esquemas militarizados ni de caudillos reciclados. Vendrá de instituciones sólidas, de ciencia, de la diáspora que regresa con conocimiento y con amor intacto por este país.
La libertad que juramos el 5 de julio de 1811 no es una fecha. Es una obligación. Y hoy, como entonces, se conquista. ¡Independencia para siempre!
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