EDITORIAL
Vivir mal como costumbre
Una de las cosas más perversas que le ha pasado a Venezuela es que nos han querido acostumbrar a vivir mal.
No solo a vivir con miedo, con salarios destruidos, con servicios rotos o con familias separadas por la emigración. También a pensar mal el país. A hablar de él en pequeño. A reducirlo todo a la administración del daño.
Cuando empezamos a pensarnos en esos términos, ya hay una derrota trabajando por dentro.
Pasa con “lo social”, por ejemplo.
Durante años nos lo vendieron como si repartir algo, inaugurar una bolsa o administrar una carencia fuera gobernar en nombre de los más vulnerables. Pero repartir escasez no combate la pobreza. Eso no es política social. Lo social empieza cuando una persona puede vivir de su trabajo sin humillarse, cuando un muchacho no tiene que irse del país para imaginarse una vida decente, cuando una familia puede sostenerse sin llegar a fin de mes con el agua al cuello.
Todo eso, que debería ser elemental, en Venezuela fue sustituido por otra lógica: la de mantener a la gente ocupada sobreviviendo.
Y eso se va metiendo en la vida diaria. Se nota en la cautela, en el cansancio, en esa costumbre de no entusiasmarse demasiado. Poco a poco, el margen interior de un país se va estrechando: el cálculo sustituye al deseo; se rebaja el techo de lo que una sociedad cree posible para sí misma.
Ahí está uno de los daños más serios de estos años: la costumbre ante el “resuelve”, el “aguante”, el no esperar demasiado para no llevarse otra decepción. Así, casi sin darse cuenta, el país termina acostumbrándose a vivir encorvado.
Venezuela no está simplemente “pasando trabajo”, como si se tratara de una mala racha histórica. Deliberadamente, desde el poder, se degradó deliberadamente la vida pública. Se empobreció a la gente, sí, pero también se rebajó la conversación nacional, se dañó la confianza y se intentó acostumbrar al país a vivir sin horizonte.
Y sin embargo, a pesar del desgaste, el venezolano sigue empujando. Ahí está en la madre que brega, en el hijo que manda dinero desde fuera, en el preso político que no se quiebra, en la diáspora que no termina de soltar el país aunque el país le haya quedado al otro lado del océano.
Debemos recordarlo ahora, cuando desde fuera muchos siguen mirando lo que pasa como si fuera una crisis encapsulada, un expediente más en la carpeta de desgracias latinoamericanas.
No lo es.
Lo vi esta semana en Cáceres, durante el congreso internacional sobre América Latina, el Caribe y Europa. Todavía hay quien observa a Venezuela como si fuera un problema local. Y no lo es.

Lo que ocurre en Venezuela se conecta con asuntos que hoy atraviesan al mundo: crimen organizado, energía, autoritarismo, desplazamiento humano, fragilidad democrática.
Reducir a Venezuela a una tragedia doméstica ha sido una forma de no entenderla.
Cuando un país entero es llevado a este punto de desgaste, más allá de una crisis económica o de una disputa de poder, nos enfrentamos a una sociedad a la que intentaron arrebatarle la escala de su propia vida.
Recuperar a Venezuela será sobre todo devolverle al país el derecho a imaginarse otra vez una vida normal. Más allá de las cifras, de la épica, del milagro, los venezolanos aspiramos a una vida normal donde trabajar, estudiar, crecer, soñar, sea lo cotidiano.
La política debe empezar en la negación a aceptar como destino lo que nunca debió pasar por normal.
Venezuela, por más que la hayan querido doblar, no nació para vivir de rodillas.
EN PROFUNDIDAD

Conferencia inaugural del IX Congreso Internacional “Relaciones entre América Latina, el Caribe y Europa”
Inauguré en Cáceres este congreso con una conferencia en la que advierto que la crisis venezolana forma parte de una reconfiguración geopolítica global y que obliga a una reconstrucción democrática del país anclada en una alianza transatlántica más estratégica.
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¡Lo Social, es lo social!
Lo social no es sino la garantía de dignidad humana a través del agua, la salud, la educación y los servicios básicos que toda democracia verdadera debe asegurar.
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Entre la iguana y el sol
La crisis eléctrica de Venezuela no es culpa de iguanas ni del sol, sino de décadas de corrupción, incompetencia y destrucción del sistema eléctrico nacional que alguna vez fue el primero de América Latina.
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📚 Venezuela: Política y Ambiente
Escribí Venezuela, Política y Ambiente porque en la relación que hemos tenido con nuestro territorio, con los recursos naturales y con la idea misma de desarrollo, se juega el destino del país. Durante años, esa dimensión quedó relegada, como si el ambiente fuera un lujo para tiempos mejores, cuando, por el contrario, es un tema de urgencia.
En este libro intento pensar cómo una Venezuela democrática tendrá que reconstruirse sobre bases distintas: energías limpias, reglas claras, ciudades habitables, instituciones que protejan y no depreden. Es una reflexión sobre el país que viene, escrita desde la urgencia del presente, pero con la mirada puesta en el largo plazo.
Lo escribí para quienes quieren ir más allá del diagnóstico inmediato y preguntarse cómo evitar que repitamos los mismos errores. Porque sin una nueva relación entre política, poder y ambiente, cualquier reconstrucción será apenas un parche.

