EDITORIAL
María Corina, ¿la prescindible?
El pasado jueves, en el centro de Santiago de Chile, miles de venezolanos volvieron a levantar las banderas de su país para recibir a María Corina Machado. El Paseo Bulnes y el Parque Almagro se convirtieron en un mar de tricolores, en una de las concentraciones más numerosas de la diáspora venezolana desde su salida de Venezuela. Miles de hombres y mujeres —muchos de ellos desterrados por la persecución o la miseria— acudieron a escuchar a una líder que, para esa multitud, simboliza la posibilidad de volver a casa con la frente en alto.
Esa concentración es una respuesta a quienes intentan borrar un liderazgo con arraigo. Uno que viene del pueblo, no de un escritorio de cálculo político..
Por eso resulta tan desconcertante escuchar, en estos días, voces que pretenden instalar la idea de que María Corina Machado es prescindible. Quienes deslizan esa tesis parecen no haber entendido nada de lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos años de resistencia. Su liderazgo no nació en laboratorios de marketing ni en el cálculo de encuestas. Se forjó denunciando lo que muchos temían decir, enfrentando la maquinaria represiva del poder y acompañando a un país que aprendió a resistir.
Ese liderazgo se ancló definitivamente en la voluntad de millones de venezolanos cuando la sociedad civil organizó las elecciones primarias más extraordinarias de nuestra historia reciente. Sin recursos del Estado. Sin árbitros complacientes. Sin propaganda oficial. Fue la gente —la gente de a pie, los estudiantes, los trabajadores, los desterrados— la que levantó las mesas, contó los votos y defendió el resultado. Venezuela habló entonces con voz propia en defensa de su dignidad.
La voluntad soberana de un pueblo no caduca. Ese mandato no lo otorgan los fabricantes de opinión ni los estrategas de coyuntura. Lo otorga la ciudadanía.
Y conviene recordar algo más: ese mandato democrático no pertenece únicamente a una persona. También se expresa en la legitimidad institucional que hoy encarna Edmundo González, cuya victoria electoral representa una verdad política que ninguna propaganda puede borrar.
Pero la legitimidad democrática no se sostiene únicamente sobre los votos. También descansa sobre una tradición republicana que Venezuela conoció y que hoy muchos jóvenes apenas pueden imaginar.
Todavía puedo escuchar el murmullo que recorría el hemiciclo del viejo Congreso Nacional cuando comenzaba a llenarse la sala antes de una sesión importante. Era un rumor de expectativas, de papeles acomodándose sobre los pupitres, de conversaciones cruzadas entre diputados que minutos después se enfrentarían con la espada de la palabra.
Aquel Parlamento fue una verdadera edad dorada del verbo democrático. El debate parlamentario se ejercía como un arte cultivado con disciplina intelectual y pasión republicana. Había tardes memorables en las que los oradores se preparaban como toreros antes de salir al ruedo. Más de uno regresaba a su curul con la ovación del hemiciclo, mientras las galerías respondían con aplausos que retumbaban en aquel recinto donde tantas veces se escribió la historia política del país.
Recuerdo con especial nitidez cuando el diario de debates anunciaba la intervención de Moisés Moleiro. Aquello bastaba para que la Cámara comenzara a llenarse. Moleiro dominaba el arte de la ironía con una precisión casi quirúrgica. Le bastaba afilar la frase para desmontar los argumentos del adversario con humor punzante y erudición inesperada.
Donde Moleiro punzaba, el doctor David Morales Bello construía. Su presencia en la tribuna anunciaba la elegancia del discurso jurídico en su forma más depurada. Cada palabra encontraba su lugar exacto en la arquitectura de su razonamiento. Y Pepe Rodríguez Iturbe, filósofo y parlamentario, dominaba el ritmo del discurso con una precisión casi musical.
En aquel Congreso el respeto formaba parte de la cultura parlamentaria. Adecos, copeyanos y dirigentes de izquierda podían enfrentarse con dureza en la tribuna y aun así reconocer la estatura intelectual del adversario.
Por eso el contraste con el presente resulta inevitable.
Hoy la Asamblea Nacional parece muchas veces una caja de resonancia del poder ejecutivo. Donde antes vibraba la inteligencia del debate, hoy domina la obediencia automática. Donde antes la palabra construía la política, ahora la unanimidad obligatoria intenta reemplazarla.
Ese contraste tiene consecuencias humanas muy concretas.
El pasado 12 de marzo de 2026, en Ginebra, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela presentó ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU una nueva actualización de sus investigaciones. El informe ratifica un patrón que los venezolanos conocen desde hace años: la represión, la tortura y las detenciones arbitrarias formaron parte de un sistema organizado desde el poder.
Los acontecimientos recientes no han disipado la pestilencia moral que aún emana de los calabozos de La Tumba. Tampoco se han abierto definitivamente las rejas del centro de tortura de Boleíta. Siguen allí las mazmorras del Helicoide y las celdas de la prisión militar de Ramo Verde.
En esos lugares la tortura dejó de ser un exceso aislado para convertirse en un método de dominación política. Los informes internacionales describen al SEBIN y a la DGCIM como engranajes de una maquinaria estatal diseñada para ejecutar la represión.
En los pasillos del SEBIN la represión tuvo víctimas con nombres y apellidos. Dirigentes políticos, periodistas, activistas y ciudadanos cuyo único delito fue defender la libertad. Allí se practicaba la llamada “crucifixión”: detenidos esposados a rejas metálicas durante horas. También se aplicaban descargas eléctricas en los genitales.
Todo está documentado.
Por eso resulta ofensivo que algunos intenten presentar recientes liberaciones de presos políticos como una “maravilla”.
La verdadera maravilla será otra.
Será el día en que Venezuela vuelva a ser una república donde la palabra recupere su lugar, donde el Parlamento vuelva a ser el templo del debate democrático y donde ningún ciudadano tenga que temer a los calabozos del poder por ejercer su libertad.
Ese día llegará. No por concesión del poder, sino por la dignidad de un pueblo que decidió no rendirse.
EN PROFUNDIDAD

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📚 Venezuela: Política y Ambiente
Escribí Venezuela, Política y Ambiente porque en la relación que hemos tenido con nuestro territorio, con los recursos naturales y con la idea misma de desarrollo, se juega el destino del país. Durante años, esa dimensión quedó relegada, como si el ambiente fuera un lujo para tiempos mejores, cuando, por el contrario, es un tema de urgencia.
En este libro intento pensar cómo una Venezuela democrática tendrá que reconstruirse sobre bases distintas: energías limpias, reglas claras, ciudades habitables, instituciones que protejan y no depreden. Es una reflexión sobre el país que viene, escrita desde la urgencia del presente, pero con la mirada puesta en el largo plazo.
Lo escribí para quienes quieren ir más allá del diagnóstico inmediato y preguntarse cómo evitar que repitamos los mismos errores. Porque sin una nueva relación entre política, poder y ambiente, cualquier reconstrucción será apenas un parche.

