EDITORIAL
Noventa Días Después
Han pasado noventa días desde la extracción de Nicolás Maduro. Noventa días desde aquel momento que muchos esperamos como un punto de inflexión para Venezuela.
Tres meses después, el país no ha entrado en una etapa de alivio, ni de reparación, ni de recomposición institucional. Lo que se ha hecho más visible es la continuidad del saqueo, la persistencia de la opacidad y el agravamiento de una tragedia humana que supera disfraces diplomáticos o relatos de normalización.
Venezuela sigue siendo un país donde la inflación pulveriza el salario, donde los servicios públicos colapsan, donde los hospitales siguen esperando insumos que nadie sabe dónde terminan, donde los presos políticos continúan siendo usados como piezas de negociación, y donde la riqueza nacional se sigue administrando como botín.
Eso es lo que estos noventa días han permitido ver con más nitidez.
Porque el problema de Venezuela nunca fue solo Nicolás Maduro. Maduro era la cabeza visible de una estructura de poder que no se sostenía únicamente en un hombre, sino en una red de complicidades, intereses, silencios y negocios construidos durante años. Sacar a un dictador no equivale, por sí solo, a desmontar el sistema que lo hizo posible.
Y eso es precisamente lo que hoy está en evidencia.
Mientras el país se hunde más en la emergencia social, se siguen firmando acuerdos petroleros en la sombra, se sigue jugando con la expectativa de una amnistía que no restituye justicia, y se sigue administrando el poder sin devolverle a los venezolanos lo esencial: la soberanía de su voto y la garantía de una verdadera transición democrática.
Por eso insistimos en que el debate venezolano no es simplemente sobre petróleo. El debate sobre petróleo no se puede dar sin atender la legitimidad del Estado, sus instituciones, el Estado de Derecho. Sobre si el país va a ser reconstruido como una república o repartido como una concesión.
El mundo puede interesarse por el petróleo venezolano. Eso es comprensible. Pero los venezolanos necesitamos algo más importante que la renta: necesitamos un país vivible, gobernable y decente.
Noventa días después, la conclusión no debería ser la resignación, sino la claridad: la claridad de entender que la tragedia sigue latiendo, la claridad de no confundir movimiento con cambio y la claridad, sobre todo, de saber que sin democracia, sin legalidad y sin rendición de cuentas, Venezuela no está saliendo del abismo: apenas está cambiando de administradores.
EN PROFUNDIDAD

Petróleo, pero también democracia
El colapso de la industria petrolera venezolana resulta de la destrucción deliberada del Estado de Derecho, la inseguridad jurídica y el autoritarismo, no de la falta de recursos; sin democracia e instituciones independientes, ninguna inversión seria será posible.
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Se agudiza la catástrofe humanitaria
Denuncio cómo Venezuela se desmorona bajo una dictadura que prioriza la supervivencia política de una élite sobre la vida de millones, mientras el saqueo continúa, los presos políticos permanecen encarcelados y la comunidad internacional observa pasivamente.
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📚 Venezuela: Política y Ambiente
Escribí Venezuela, Política y Ambiente porque en la relación que hemos tenido con nuestro territorio, con los recursos naturales y con la idea misma de desarrollo, se juega el destino del país. Durante años, esa dimensión quedó relegada, como si el ambiente fuera un lujo para tiempos mejores, cuando, por el contrario, es un tema de urgencia.
En este libro intento pensar cómo una Venezuela democrática tendrá que reconstruirse sobre bases distintas: energías limpias, reglas claras, ciudades habitables, instituciones que protejan y no depreden. Es una reflexión sobre el país que viene, escrita desde la urgencia del presente, pero con la mirada puesta en el largo plazo.
Lo escribí para quienes quieren ir más allá del diagnóstico inmediato y preguntarse cómo evitar que repitamos los mismos errores. Porque sin una nueva relación entre política, poder y ambiente, cualquier reconstrucción será apenas un parche.


