Política · Venezuela · Educación · Cultura · Agosto 2026
Reconstruir el país, reconstruirnos
El daño que deja la dictadura es más profundo de lo que pensamos.
Antonio Ledezma
Alcalde Mayor de Caracas · En el exilio desde 2017
Cuando hablamos de reconstruir Venezuela, casi siempre pensamos en lo más palpable: volver a producir petróleo, recuperar la electricidad, reparar carreteras, hospitales, refinerías. Todo eso habrá que hacerlo, por supuesto. Pero el país que recibiremos está herido también en el alma, en lugares que no se reparan con cemento ni con dólares.
A pesar de la destrucción, Venezuela conserva recursos, capacidades y una enorme reserva humana para ponerse nuevamente de pie. Tiene petróleo, gas, hierro, oro. Tiene también algo que muchas veces olvidamos: millones de venezolanos que salieron del país y que, en estos años, aprendieron, trabajaron, emprendieron y construyeron redes por todo el mundo. Tenemos posibilidades de atraer inversión seria, regresar plenamente a los organismos financieros internacionales y recuperar recursos que pertenecen a los venezolanos y que hoy están fuera del país.
Nunca he creído que nuestro problema sea la falta de recursos. Venezuela los ha tenido de sobra. Lo que nos ha faltado es un Estado que los administre con decencia, instituciones que funcionen y un gobierno obligado a rendir cuentas.
Mucho más dolorosa es la cuenta humana.
Más de 167.000 docentes abandonaron sus cargos. La matrícula escolar cayó 37% entre 2021 y 2025. Venezuela ni siquiera participó en PISA 2022. Y eso debería preocuparnos profundamente. Una refinería puede repararse, una carretera puede reconstruirse, pueden comprarse nuevos equipos. Los años que pierde un niño en la escuela no se recuperan con la misma facilidad.
Pienso mucho en eso porque crecí en otra Venezuela. Vengo de una familia humilde de San Juan de los Morros y pude estudiar y abrirme camino gracias a una democracia que entendía la educación como una puerta de entrada al futuro. Esa escalera existía. Hoy, por contraste, miles de niños venezolanos han visto desaparecer sus peldaños: tienen dificultades para leer y comprender, acumulan rezagos en matemáticas, estudian en escuelas deterioradas, han perdido a sus maestros y cargan además con una brecha digital que los deja todavía más atrás.

Venezuela cuenta con un gran recurso humano en su diáspora
Ese daño tardará años en repararse. Porque cuando se deteriora la escuela no se pierde solamente aprendizaje. Se pierde también uno de los lugares donde aprendemos a convivir, a escuchar, a entender al otro y a reconocernos como parte de una misma comunidad. Por eso me preocupa tanto lo que ha ocurrido con nuestra palabra pública.
En 1976, Salvador Garmendia terminó ante un tribunal por un cuento en el que había reproducido el lenguaje crudo de unos hombres en un bar caraqueño. Intelectuales como Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva salieron entonces en su defensa. Aquella polémica decía mucho de un país que discutía apasionadamente sobre la literatura, la libertad y hasta dónde podía llegar el lenguaje.
Garmendia tomó el lenguaje de la calle y lo convirtió en literatura. Hoy el problema es otro. Nos hemos ido acostumbrando a que la conversación pública se vuelva vulgar, agresiva, humillante. La grosería comenzó a ocupar el lugar del argumento y el insulto empezó a presentarse como una forma de autenticidad popular.
“Me niego a aceptar que eso represente al venezolano.”
El venezolano común que conozco es una persona decente. Puede hablar fuerte, bromear, discutir, indignarse. Pero sabe respetar. Durante años se intentó reducir esa venezolanidad a la consigna, al improperio y a una caricatura de lo popular que terminó empobreciendo nuestra vida pública.
Por eso la reconstrucción que viene será mucho más exigente de lo que imaginamos. Habrá que levantar la economía y recuperar las escuelas. Recuperar hospitales, pero también maestros. Reconstruir instituciones y, al mismo tiempo, aprender otra vez a escucharnos y a tratarnos con respeto.
El reencuentro de los venezolanos, cuando llegue, será también una tarea cultural. Después de tantos años de destrucción no bastará con poner al país nuevamente en funcionamiento.
Habrá que volver a reconocernos en él.
En profundidad
Análisis
Venezuela tiene con qué
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El daño más profundo a superar
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¿Qué diría Garmendia?
Reflexiono sobre la degradación del lenguaje público en Venezuela —a la luz del legado de Salvador Garmendia— y llamo a recuperar la decencia de nuestra palabra como parte esencial de la reconstrucción nacional.
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